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La espera del capullo
Pues ella
dejó solamente un suspiro,
que me tiembla; lo mismo
en sus trémulas palabras,
cuando lloraron sobre mi corazón.
Abrió, sí, estos libros de olvido,
pulidos y quietos,
queriendo escuchar el silencio
del pájaro, frío entre los árboles.
Sí, y perdurar sin verla;
y huérfano de los cálidos laberintos
de la luz en sus bellos labios.
La boca perfumada con mi beso; azahares
de gata, con uñas de sombra.
Entre mi sensible cuerpo
has mezclado azúcar y ébano;
yo vencido, pues, por la dulce batalla de tu amor.
De tierra morena es aquella mujer, lo sé;
y dando a mis pulmones
sueños con olor de Trópico; Caribes
en suave carne, dorados y en la flor y nata
de la primavera. Mas mis sábanas todavía recuerdan
a su figura, en la negra pasión de la noche adulta.
Y mirar la nostalgia del espejo,
pues hoy él sigue deseando a la luna,
tras tus húmedos párpados hundida.
Puesto que, decías, se nos muere la noche;
como el agua en el agua, o los alientos
de lavanda y de jabón
obsequiados para mis brazos cálidos.
Y, cuando el alba te tocaba el cuerpo,
el oro de la sed
podía beber, ardiendo, las canelas de tu sudor.
Allí entonces, en ásperos lechos,
dejabas, evasiva, la extraña huella: el amor.
Era así que te desvanecías, como el tiempo
que escapa de entre el hueco de mis manos.
Un reloj calculaba el número amargo
de mi pecho, latiendo a nuestras soledades.
Y entre mis sábanas hay tristeza;
mas como amante continúo esperando.
Yo quiero colmar tu trono- vacío, rojizo de senos.
Amarte algún capullo, que el invierno pueda esconder,
viniendo hacia mí. Igual que una flor,
erguida su piel y cubierta de rocíos;
de carne desciende la lágrima de su pétalo,
y yo que la veo, tan desnuda como tu alma.
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